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Last Updated:4/9/02
¿Guerra total? por Adam Isacson, Cambio (Colombia), 1 de abril del 2002
¿Guerra total?

Adam Isacson
El coordinador del programa de seguridad para América Latina en el Centro para las Políticas Internacionales, con base en Washington, hace una revisión de lo que sería una guerra total en Colombia y asegura que sus costos serán mucho más altos de lo que creen los colombianos.

Guerra Total. Las encuestas, los comentarios y las conversaciones cotidianas indican que la mayoría de los colombianos la quieren, o al menos creen que las Farc no les ha dejado otra opción. Es entonces urgente revisar seriamente lo que significa la guerra total.

Algunos pueden argumentar que la guerra total no será muy diferente de lo que hay hoy, pues las Farc no dejaron de combatir con alta intensidad ni siquiera durante las negociaciones de paz. Yo, honestamente, espero que estén en lo cierto. Sin embargo, los cálculos de años de inteligencia nos recuerdan que las Farc cuentan con 20.000 miembros, 70 frentes, y cientos de millones de dólares anuales en ingresos ilegales. Con esa capacidad, es difícil creer que se limitarán a realizar una que otra acción guerrillera al día, en su mayoría de pequeña escala, como hemos visto hasta ahora. La guerra total podría ser mucho más sangrienta de lo que se ha visto en Colombia a lo largo de varias genera-ciones.

Acarreará costos que los colombianos no se han atrevido siquiera a contemplar. La guerra total requerirá un esfuerzo sin precedentes de solidaridad y sacrificio, incluyendo la aceptación por parte de todas las familias -ricas y pobres- de que sus hijos mueran en combate.

La guerra total afectará profundamente la salud económica de los colombianos. Una movilización total, como la que propone la campaña de Uribe, resultaría muy costosa. Una campaña eficaz contra los grupos ilegales armados requeriría un incremento gigante en la capacidad militar, con un número de tropas disponibles para el combate que pase de 40.000 a por lo menos 200.000.

Esto significaría una reorientación muy importante en la economía colombiana. En un esfuerzo de guerra real y serio, el Estado necesitaría mucho más del 10% o el 11% del PIB (en Estados Unidos, durante la II Guerra Mundial, se invirtió más del 40%).

Las demandas de una guerra total son mucho más grandes de lo que Estados Unidos puede suplir. Recuerden que en El Salvador -que fue un tema de mayor prioridad para Reagan que lo que representa Colombia para Bush- se invirtieron 10 años de ayuda militar abundante y sostenida para no conseguir más que un estado de agotamiento mutuo. Recuerden también que Colombia es 53 veces más grande que El Salvador.

Washington tiene amenazas de seguridad más urgentes en otras partes del mundo, y así el Ejército colombiano no tuviera ni una sola mancha en derechos humanos -cosa que no es cierta- estaría totalmente incapacitado para financiar una guerra total. Las dudas sobre los derechos humanos seguirán obstaculizando cualquier decisión respecto de la ayuda para Colombia, y esas sospechas se acrecentarán en forma dramática si los paramilitares empiezan a cometer abusos en la antigua zona de despeje.

Vale la pena añadir que ninguna persona sensata en Washington está proponiendo enviar tropas americanas a combatir en Colombia. Por el contrario, causa ira profunda en estos círculos escuchar la invitación de algunos políticos colombianos para que jóvenes americanos arriesguen sus vidas aquí, mientras la mayoría de los colombianos de estratos altos ni siquiera consideran prestar el servicio militar obligatorio.

Es posible que algunos colombianos piensen que el paramilitarismo puede ofrecerles un modelo de guerra total con mucho menos costos y menos sacrificios. El horripilante costo humano de esta alternativa es obvio. Pero armar a los ciudadanos y dejarlos a su suerte ni siquiera tiene sentido desde una perspectiva pragmática. En el mejor de los casos, las tácticas de tierra arrasada pueden traer el control temporal de zonas específicas, pero los odios entre la población seguirán latentes. Este resultado está muy lejos de la meta de una paz firme y duradera.

Si, por el contrario, el verdadero objetivo de la guerra total es traer una paz firme y duradera, la batalla militar constituye solo un frente y uno más bien pequeño. La paz total requiere que la parte civil del Estado colombiano se convierta en una institución capaz y confiable para los todos ciudadanos. Es aquí donde Estados Unidos debe jugar un papel importante, aunque sólo la contribución colombiana puede hacer una diferencia real.

Fortalecer la gobernabilidad civil significa terminar con la impunidad para los corruptos, para los que abusan de los derechos humanos, y para todos aquellos envueltos en actividades ilegales. La mayoría de los recursos deben destinarse a proteger y a fortalecer a los jueces honestos, a la Policía, a los fiscales y a los denunciantes de crímenes. También significa llevar a los campos todos los servicios estatales, atacando la pobreza y la negligencia que subyace en la violencia y en el narcotráfico. Significa también proteger a todos aquellos actores no violentos de la sociedad que demandan derechos, servicios, trato justo y una negociación de la paz. Mientras esos sectores -bien sean de la derecha o de la izquierda democrática- sigan amenazados o asesinados impunemente, será imposible lograr la "paz total."

As of April 9, 2002, this document was also available online at http://www.cambio.com.co/web/interior.php?idp=75&ids=4&ida=2991

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